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JUAN MARIO DE LA ESPRIELLA: EN LA RUTA DE LOS GRANDES ACORDEONEROS.

Por: ARMINIO MESTRA OSORIO.
arminiodelcristo@hotmail.com

Las pasadas generaciones de acordeoneros, nunca llegaron a pensar que este fuelle llamado acordeón, sufriera tantos cambios dentro de ese proceso histórico-musical. Instrumento que empezó según los entendidos con ocho botones en el teclado de los pitos y dos en los bajos.

Ya por la década de los años 30 llega un acordeón con el mismo número de pitos, pero con cuatro botones de bajo, por supuesto con un sonido más vigoroso para la época. Todas las acordeones: Empezando por la de 1900, “sin parrilla protectora”, “La tornillo e máquina” de 1950, La “Moruno” también del 30, “La Guacamaya” de 1940, La “Acordeón dos Coronas Cuadrado” del 50, “La Morunito” de 1960, La “Acordeón Tres corona de cambio” de 1965 y la acordeón club III fueron y serán referentes para conocer ese pasado musical que sigue siendo ajeno en un gran sector de la población colombiana.

Todas ellas causaron muchas emociones y, animaron las primeras parrandas. Supo divertir a todos esos hombres que forjaban la vida y el sustento diario con la siembra, la ganadería, la caza, la vaquería y la pesca. Ella llegó a ese colectivo que supo explorar y descubrir el mundo musical y melódico que encierra esa caja misteriosa.
Por eso, es grato recordar a esos maestros de épocas pasadas, porque ellos fueron los protagonistas y tenemos la obligación  de reconstruir esa memoria histórica, entendida ésta como la posibilidad, casi cotidiana, de reconstruir su presente y su pasado continuamente. Allí encontramos a: Francisco Moscote Guerra, Rosendo Romero Villarreal, Pedro Nolasco Martínez Muñoz, Eusebio Ayala Durán, Francisco Irenio Bolaños, Juan Muñoz Mejía, Germán Serna Daza y Francisco Rada Batista.

Y en ese recorrido tenemos que mencionar a un joven acordeonero de las nuevas generaciones que ha bebido de ese pasado musical y que como tal no puede ignorar, y hace parte de su formación artística, me refiero a: Juan Mario de la Espriella, porque su ascenso en el folclor vallenato no ha sido gratuito sino producto de su talento y compromiso. Él ha cumplido con ese proceso que debe tener todo músico que desee figurar en el universo de cajas, guacharacas y acordeones.

Su geografía musical es bastante interesante, ya que nace en Sincelejo (Sucre), tierra de compositores e interpretes de la música de la Región Caribe, además cuna del Porro. En este punto geográfico, donde no sólo se mantean toros bravos, sino que de allí han surgidos excelentes músicos, escritores, poetas y deportistas. Allí, empezó el artista a cultivar el toque del acordeón a la edad de 13 años, y donde su padre tiene también una responsabilidad directa ya que desde temprana edad lo relacionó con la  parranda, al lado de los Hermanos: Tomás Alfonso y Emiliano Alcides Zuleta, como también lo sentó muy cerca  de Luís Enrique Martínez Argote, para que oyera y compartiera las notas del acordeonero “que tuvo el talento y la sagacidad para desentrañarle al instrumento todos los secretos de sus tonalidades, armonías y ritmos, a tal grado, que no es aventurado decir que a partir de él, se acaba el acordeón monorrítmico de un solo sonsonete, en el que parece que no hubiera más probabilidades musicales, y comienza con fuerza y poderío una nueva musicalidad llena de notas más sonoras, más alegres, más brillantes, que le dan un giro completo a la música vallenata”. Esto lo escribió, Consuelo Araujonoguera en la Revista del Festival Vallenato en el año de 1995.

Supo sortear su estancia en Bogotá, porque la capital también le abrió la ruta musical, y aquí en el frío de la sabana el toque de su acordeón no pasó inadvertido, todos los entendidos le auguraban un futuro promisorio por la forma de encarar el instrumento. Supo lo que era tocar en una Taberna, ir a una parranda en el Norte, Sur,  Occidente y hasta los confines de la urbe metropolitana. Quizás ni el mismo se imaginaba lo que el destino, la suerte, o llámelo usted como mejor le parezca, le estaba reservando para convertirlo en lo que es: El Acordeonero de las Multitudes.

También por una razón sencilla sabe exprimir al máximo el fuelle nostálgico, para darle paso a la imaginación y la creatividad, porque de igual forma, así como toca el paseo, el son, el merengue y la puya, sabe lo que significa ejecutar una tonalidad menor o mayor, ritmo que les cuesta trabajo a muchos reyes vallenatos.

 

 

Bucaramanga, estuvo presente en su recorrido, aunque esta visita fue corta,   también es válida para su universo musical, tierra  llena de cantores, quizás  por las visitas cortas y de larga permanencia que hacen los guajiros, cordobeses, sabaneros, cesarenses y   magdalenenses. Ahora la frecuenta, cuando va de gira con el cantante y artista: Silvestre Dangond Corrales. No sin antes, recordar que sus corredurías son intensas y de largo kilometraje por el país y por fuera de él. Y como nos gustaría que algún día, aparte de ser acordeonero, pudiera  cantar y componer, para así rememorar: al gran: Alejo Durán, Juan Polo Valencia, Lorenzo Morales, El viejo Emiliano Zuleta Baquero, porque figuras como estas  ya desaparecieron del folclor vallenato y se necesita retomar el aporte de aquellos estilos para que los jóvenes sigan engrandeciendo el folclor vallenato desde estos referentes.

Y llega a Valledupar, la tierra que lo acoge y lo bautiza con notas de  acordeón,  allí mismo, empieza una travesía musical para acercarse un poco más a esos ritmos que él sabía tocar, pero necesitaba el agua vallenata de esa pila bautismal, porque el que no la acepta puede quedar por fuera del reconocimiento interpretativo. Cuando me acercó a esta finita realidad se me viene a la mente: Julio de la Ossa, Alfredo Gutiérrez, Freddy Sierra, Alberto Jamaica, Julián Rojas etc.

En ese trasegar, estuvo al lado del Sincelejano Miguel Cabrera con quien graba tres CD: “Pedacito de mi vida”,  “La mujer que tengo” “Miguel Cabrera el Vallenato”. Grabó cuatro CD con el señor Peter Manjares. Y llega al momento célebre cuando le toca el acordeón al Cacique de la Junta: Diomedes Díaz Maestre en el trabajo titulado: “Pidiendo Vía”, como no recordar: “Otro adiós es Morirme”,” Cunde Cunde”,” Nada igual a ella”, “Pueda ser que no me extrañes”, “La mujer Mía”, “La veterana” “Pidiendo vía”, “Cuando no estas tú”, “Yo soy el enamorado”,”A mitad del camino”, “Las gemelas”, “Triste y confundido”. Aquí en este trabajo demostró como era que tenía que tocarle el acordeón al mejore cantante vallenato de esa época, se requería  de un buen acordeonero y no quedó por fuera de esa exigencia que reclamaban los seguidores del Hijo de la Junta (Guajira.)

Pero su momento culminante es cuando hace pareja con  Silvestre, desde allí arranca su carrera exitosa y ésta no se ha detenido, porque el proceso que empieza en Sincelejo desde muy niño tenía que culminar de la forma como se está haciendo con profesionalismo y responsabilidad; superando todos los obstáculos que la vida cotidiana  le ha puesto y le sigue poniendo.

Como acordeonero y concertista  es uno de los que mejor sabe interpretar las composiciones de los maestros Rafael Calixto Escalona, Adolfo Pacheco Anillo, Carlos Huerta, Calixto Ochoa, Luís Enrique Martínez y, bueno sería verlo en la tarima del Parque de la Leyenda tocando y evocando esas canciones que tanta grandeza le han brindado a la cultura musical de Colombia.

Concursó en el Festival como acordeonero profesional y no aconteció nada extraordinario, quizás porque le faltaba mucho camino por recorrer. Pero hoy en día cuenta con los requisitos para coronarse Rey de la leyenda Vallenata. De igual forma, ha participado en la Canción Inédita, tocándole el acordeón a ese otro grande del canto  Ivo Luís Díaz, en una composición de otro que tiene historia en la poesía vallenata, el Sanjuanero Hernán Urbina Joiro.

Juan Mario de la Espriella, persona humilde, con una condición humana digna de cualquiera artista, que  sabe que vive de la aceptación de los oyentes, de sus seguidores y de los públicos que asisten a sus conciertos: bien por Juancho y por Silvestre, por ser este último el cantante que rompió con todos los paradigmas en la música de Francisco el Hombre y, por haber elegido con acierto el compañero  que tanto había buscado para equilibrar la ecuación vallenata que tanto reclamaban las nuevas generaciones, ávidas de nuevas leyendas.